Por qué a los periodistas les cuesta ponerle valor a su trabajo

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A los periodistas se nos enseñó un dogma: el periodismo es un servicio público. Punto.

Ese principio innegable, que se repitió por años en las escuelas de Comunicación Social, terminó por convertirse en un lastre moral para varias generaciones, que asumieron que quienes ejercen este oficio se deben —única y exclusivamente— a su público y, por ende, está mal visto hablar de dinero.

“Se nos ha enseñado que el periodismo es casi un apostolado”, comenta Alejandro Linares, en un debate que surgió por Twitter. “Aprendimos que es una profesión vocacional y uno siente que al no cumplir fallas como servidor público”, agrega Francesca Díaz. “Nunca nos enseñaron a darle un valor económico y nos ha costado asumirlo con el tiempo”, completa Indira Rojas.

Antes de entrar en la facultad, los periodistas ya llevaban el estigma de querer estudiar una carrera humanista para escapar de los números. Y esa idea caló tan hondo en el inconsciente que cualquier mención relacionada a finanzas, Excel o estadísticas era un tema no apto para el gremio. Un juicio que sólo sirvió para aislarnos de la realidad.

“Esa creencia tiene su origen en cómo fuimos formados como periodistas”, explica Andrés Rojas Jiménez, periodista venezolano con amplia experiencia en la fuente económica. “Nos educaron con la concepción de que la gente de ventas estaba de un lado y los periodistas estábamos del otro. Nos quedamos por fuera y nunca aprendimos a vender”.

Quienes se formaron en las redacciones de los otrora grandes medios —como fue el caso de la periodista colombiana Catalina Oquendo— crecieron pensando en que tenían una estabilidad garantizada y lo económico no era una preocupación. “Teníamos arraigada la idea de que lo financiero no importaba y que uno tenía que estar enfocado en lo periodístico”.

Pero desde que el modelo de negocio de los medios comenzó a resquebrajarse por la caída de la publicidad y los periodistas tuvieron que convertirse en sus propias empresas, el gremio ha tenido que poner el foco en subsanar esa deficiencia para lograr vivir bien del oficio y no quedar atrapado en los malos sueldos de las redacciones ni en la precariedad laboral de los independientes.

“Nos acostumbramos a una estabilidad que no existe”, afirma Rojas Jiménez. “Ahora tienes que salir a ofrecer tus servicios y no es fácil. Con los años he aprendido a ponerle precio a mi hora de trabajo. Pero antes era inconcebible. Teníamos la idea de que cobrar era caer en palagre (negocio oportunista). De que la visión del periodismo se pierde con la comercialización. La realidad ahora es otra. Hay que ponerle precio sin incurrir en conflictos de interés”.

Asegura que lo primero fue aprender a ponerle una tarifa a su hora de trabajo y lo segundo considerar los costos en los que incurre al ejecutarlo, para que la actividad deje un margen de ganancia. Sin embargo, no es un cálculo que todos los periodistas logran a la primera. Y Catalina Oquendo puede dar fe de ello.

“Muchas veces no sé cuántas horas me va tomar escribir una nota, porque la creatividad no es algo inmediato”, confiesa. “He ido aprendiendo. Al principio, me desgastaba mucho en cosas que no me retribuían de la misma manera. Ahora dosifico más el esfuerzo. Ya no trabajo por notas sino por proyectos. Y he ido perdiendo la vergüenza de preguntar sobre el pago, porque lo peor que te pueden decir es no”.

El tercer paso que sugiere Moreno es tener un discurso sobre el valor que agregamos como periodistas. Y, por último, aprender a negociar. “Nuestro contenido aporta, da una visión interesante, un contexto real, sindéresis… Hay que seguir convenciendo de que el trabajo periodístico vale. Eso abre paso a la negociación. Negociar es una forma de socialización y nos estamos quedando por fuera. Mientras tengamos argumentos, siempre podemos negociar”.

“Como profesor universitario suelo a decirle a mis alumnos que se dibujen un signo de pesos en la frente”, agrega Romero. “Lo digo en el buen sentido. No hacer plata por hacer plata. Tenemos que entender el modelo de negocio. En esta economía del conocimiento debemos saber qué aporto, para qué sirvo, quién va a pagar mi salario, de dónde va a salir del dinero. Responder a esas preguntas será fundamental para nuestro futuro”.


Imagen de Kenny Eliason en Unsplash.

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